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¿Quién eres tú?

POR Nelsy Mendoza

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Conócete, acéptate, supérate: San Agustín (354-430) Obispo y filósofo.

Hace unos días platicaba con una amiga sobre quiénes somos. Una cree que después de la adolescencia no tendrá conflictos de personalidad, pero me temo que en mi caso no es así. Cuando se es joven todo es nuevo, todo te llama. Yo era como un camaleón: un día me gustaba un tipo de música y después otro. De repente podía vestirme muy formal o con blusas de manta, sandalias y jeans. Era feliz buscando mi propia personalidad y me sentía libre de explorarlas todas.

Luego me casé y tuve hijos. No le estoy echando la culpa a nadie, yo sé que muchas madres entenderán que cuando se tienen hijos, muchas prioridades cambian. Si no cambias el rumbo que te habías propuesto, cuesta mucho mantenerlo. Si decides cambiarlo y seguir el viento, éste no siempre sopla a favor. El caso es que entre los dos embarazos, el cambio de residencia, las idas y vueltas al colegio, el ballet, las cargas de ropa, actividades escolares y otras cosas, no queda mucho tiempo para el “autoconocimiento” y es que muchas veces me pasa que ya no sé quién soy.

No quiero que me digas: “Ay, pues eres la esposa de tal, la hermana de tal, la hija de tal o la madre de cual”, eso es lo que hago. Mi profesión, ya bastante descuidada, tampoco es la respuesta. Quisiera que tú también te detuvieras y me dijeras si sabes quién eres, honestamente.

Me pasa con cosas tan sencillas como ésta: ¿Qué me pongo? He llegado a pensar que en la forma de vestir se refleja la personalidad de cada quien, pero sucede que hay cosas que usaba cuando desarrollaba mi personalidad que creo que, a mi edad, ya no van.

¿Debería usar la playera del cómic que me gusta?, ¿la blusa aseñorada?, ¿los tenis que me sientan tan cómodos o los tacones que me aniquilan los pies, para no verme tan fachosa?

En la última actividad escolar que tuve, me pude dar cuenta que no soy la única con ese conflicto. Vi a mamás con blusas pasadas de moda, pantalones de maternidad (aunque ya no están embarazadas), ropa cero favorecedora, en fin. Pocas las mamás con el pelo arreglado, cuerpazo y outfit de diez (en serio, ¡qué me digan con qué valor se levantan para hacerse esos hermosos rizos para un evento a las ocho de la mañana, darle de desayunar a la familia y salir de sus casas, cual salidas del salón de belleza!).

El caso es que creo que, en algún punto entre ser soltera y casada, algunas mujeres extraviamos la personalidad propia y de paso, el poco o mucho estilo que logramos tener. Nos diluimos, pasamos a ser invisibles, para sólo dejar ver la labor que realizamos. Ser ama de casa, mamá, profesionista, esposa, mamá coordinadora, miembro de la mesa directiva, la que hace el chat para el equipo de fútbol, la que hace los bollitos para las fiestas del colegio, en fin. Pero yo me pregunto: ¿quién eres tú? Esa mujer que se da completa, que está siempre dispuesta para escuchar, para hacerse presente. ¿Qué te gusta?, ¿qué te mueve?, ¿hacia dónde vas?

He escuchado muchas veces que nuestra razón de ser, la más loable de todas, es la familia, ser esa columna que la sostiene y construye. Que lo que nos mueve son los logros del esposo, de los hijos. Que nuestro objetivo (¡vaya sorpresa!), es ser feliz y hacer felices a los demás.

A mí todo esto me inquieta. No dejo de pensar que por eso hay tantas madres que, al vivir a través de sus hijos, se sienten desoladas cuando estos escogen un destino distinto al que una les tenía trazado.

Tampoco me sorprende que después de muchos años de matrimonio el amor parezca inexistente y sólo quede una buena amistad, porque ya ni siquiera reconoces a esa persona que vive contigo.

Es completamente irónico que el rol de la mujer sea dar para que después resulte que -en realidad- se encuentra al final de sus días con las manos vacías, con planes que se fueron quedando en el “después, cuando haya tiempo”. Es realmente triste que la mujer esté destinada a aportar en la vida de todos, pero no en su propia vida, porque está demasiado ocupada en el ir y venir cotidiano.

Si has dejado cultivarte a ti misma, física, intelectual o emocionalmente, o te encuentras en el camino a ello ¡detente! Recuerda quién eres. Si has cambiado, acéptate. No seas tan dura contigo. Si hay algo que no te gusta de tu cuerpo, de tu mente, de tu alma, crece, supérate.

No creas lo que te han dicho: tú también eres importante y no hay nada de malo en darse un respiro. En recordar quién eres y dedicarte tiempo. No dejes que el tiempo te sorprenda sin saber quién eres.

Es hermoso haber conocido a quien amar, haber dado la vida, ser amiga incondicional. Pero también vale la pena recordar que, para dar, hay que tener. Para ello hay que conocer, cuidar y fomentar a esa persona que hace girar el mundo de tantas personas: tú.

Te deseo suerte en la búsqueda: No seas como esa hoja que es y la sacude el viento. Detrás de esos roles hay una persona valiosa que puede sumar mucho a lo que hoy haces. Así que, a redescubrirnos y a querernos mucho, que bien vale la pena.

 

Acerca del autor

Nelsy Mendoza Ramírez es comunicóloga con especialidad en Publicidad y Comunicación Organizacional.

Correo Electrónico

nelsymendoza81@yahoo.com.mx

Twitter

@nmmendoza81

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

COMENTARIOS

1 Comentario

  • Marian Martinez dice:

    Excelente reflexión!!
    El Verdadero amor y el mas importante es el amor propio… reencontrarnos a nosostros mismos, saber quienes somos y que queremos es fundamental para poder ser mejores personas, esposas, madres, amigas etc.

    Me encantan tus columnas @nmmendoza81

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