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Los hijos de familias ensambladas o reconstruidas

POR Sergio Oliver

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El psicólogo Sergio Oliver expone en su colaboración que este modelo de nueva familia debe pasar por un proceso gradual de acercamiento para desarrollar una relación positiva, establecer límites y definir autoridades.

La familia reconstituida es un tipo de familia que ha existido siempre. Anteriormente, estas provenían de la muerte de uno de los cónyuges y el emparejamiento del padre o de la madre con otra persona. En la actualidad, este modelo se refiere a aquellas parejas en las que, al menos o los dos provienen de un divorcio o de una ruptura de pareja y una de ellas, o ambas, tienen hijos e hijas de una relación anterior.

Uno de los momentos más difíciles es la incorporación de la nueva pareja a la familia, por ello es conveniente que las personas que van a convivir tengan una actitud paciente y de confianza, siendo adecuado planificar un acercamiento progresivo. De este modo, se facilitará el desarrollo de una relación positiva entre ambas antes de iniciar la convivencia con las demás personas que componen la familia. Cuando se dé la información a los hijos e hijas sobre la decisión de convivir, es importante expresar los sentimientos y dificultades que este cambio conlleva, no siendo adecuado forzar las relaciones ni disimular las emociones. Los vínculos no se crean de manera automática y pretender acelerar el proceso puede tener resultados opuestos. En estos momentos, el deseo adulto de que todo marche bien y de forma inmediata no se cumple en realidad, siendo necesario dar tiempo, mientras se favorece que se vaya creando el sentido de pertenencia a la familia.

Otra de las cuestiones que preocupa es la reacción de sus hijos e hijas ante la nueva situación. Aunque cada familia es diferente, en general, el modo en que las personas adultas responden a esta situación va a facilitar la adaptación de los hijos e hijas a la misma. Es decir, nuestra adaptabilidad es contagiosa, somos su modelo de referencia y podemos favorecer que esta decisión de convivencia sea una experiencia positiva. La nueva relación de pareja puede hacer que afloren conflictos no resueltos de la etapa anterior, tanto en las personas adultas como en los hijos e hijas. De este modo, los sentimientos y las preocupaciones sobre la pareja y la familia anterior pueden complicar la adaptación a esta situación.

En este sentido, una comunicación adecuada con la expareja fomentará la confianza y redundará en una mayor seguridad y tranquilidad en los hijos e hijas comunes, ante los cambios que se van a producir.

En principio, los hijos e hijas menores de 10 años presentan una mayor facilidad de adaptación a esta situación y acaban aceptando a la nueva persona en la familia, en especial si ésta supone una influencia positiva.

En el siguiente intervalo de edades comprendidas entre los 10 y 14 años, presentan más dificultades de adaptación a la nueva familia, pudiendo experimentar sentimientos de abandono y una sensación de competencia respecto a la nueva pareja.

Por otro lado, el conflicto o sentimiento de lealtad hacia el padre o la madre biológica, puede llevarles a boicotear la relación con la nueva pareja. Por tanto, resulta de gran utilidad ofrecer espacios de desahogo y comunicación privados, en los que se sientan escuchados sin tratar de ser convencidos de lo que la madre o padre opina de su pareja. En esa libertad de expresión darán referencias prácticas de cómo mejorar la convivencia. A partir de esta edad, el trabajo a realizar en la adolescencia requiere, fundamentalmente, mayor comunicación y respeto.

En esta etapa evolutiva pueden mostrar una mayor sensibilidad a las expresiones de afecto y sexualidad entre su padre o su madre y la nueva pareja, favoreciendo la comprensión del sentimiento de afecto y amor.

En cuanto al establecimiento de límites y normas puede llegar a ser complejo. Así, en algunos casos, los sentimientos de culpa pueden convertir a padres y madres en permisivos. Por ello, es necesario estar atentos a las alianzas que puedan surgir con hijos e hijas, ya que nos dificultará el marcar unos límites claros. En cualquier modelo de familia, el establecimiento de límites en la etapa de la adolescencia es un reto. Si a esta situación se le añade la convivencia con una persona que el adolescente no acepta, ni reconoce como autoridad, aún ésta se complica más.

Asimismo, las normas serán similares para todos los hijos e hijas, quienes viven a diario en ese hogar y quienes pasan tiempos breves. Por último, es conveniente clarificar quién tiene la responsabilidad educativa y el ejercicio de autoridad, sin delegar en la pareja una función que no le corresponde.

Acerca del autor

Sergio Oliver Burruel es Master en salud mental y educación, UNAM-Unison y presidente de la Asociación Sonorense de Psicología Aplicada A.C. (ASPA). FB. Psic. Sergio Oliver

Correo Electrónico

paecoliver@gmail.com

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