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Angelitos impedidos

POR Maroly Solís Zataraín

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Estas líneas van con dedicatoria a todas aquellas mujeres y hombres que -de manera indirecta- consienten comentarios desafortunados al dejar que llamen a sus hijos con síndrome de Down “angelitos”, reafirmando uno de los mitos más grandes en torno a esta condición.

Me di a la tarea de hacer un ejercicio brevísimo sobre esto. Busqué en internet las palabras “angelitos y síndrome de Down”: el primer buscador que es Google, arrojó la cifra inicial de 160 mil resultados, luego Bing más de 129 mil resultados y, finalmente, en Mozilla desplegó 163 mil datos relacionados.

Estos resultados están relacionados con noticias, imágenes, carteles, blogs, páginas especializadas o de terapeutas, promocionales, eventos, conmemoraciones entre otras actividades relacionadas con la trisomía 21, que sostienen dos determinados puntos de vista: los que afirman que son angelitos terrenales y los relacionados a críticas a esta versión.

Toda esta inquietud de retomar el asunto de los “angelitos” vino a colación hace apenas una semana en una relajada tarde de fin de semana donde, por vía celular una amiga me compartió su pesar de un bienintencionado comentario –de los miles que existen en redes sociales- que le hacían a una mamá, llamando a su hijo “angelito impedido”.

Mi corazón latía acelerado, lleno de coraje y de impotencia porque yo ni siquiera conocía a esa persona que había dicho tan bellas palabras de amor y felicitación a ese niño, pero terminando su párrafo con las dos palabras que saltaban a la vista y agredían mi cerebro: “angelito impedido”.

¿Cómo podría una persona decir eso de un pequeño con síndrome de Down? ¿Acaso sabría que no es una enfermedad, que su condición no lo hace alegre, feliz e ingenuo por siempre? Pero lo que más me sorprendía es que lo haya llamado impedido. ¿Para qué? ¿Por qué?

Pero la historia no terminó ahí, minutos después la madre del menor le contestó con toda amabilidad sus agradecimientos, dando por hecho, consintiendo y ratificando que su hijo en realidad es un angelito terrenal y no un simple niño de tres años que tiene un cromosoma 21 extra.

Envuelta en mi disgusto, me puse a buscar información, libros, estudios de psicólogos que me hicieran entender por qué los padres –a veces- seguimos reafirmando estos mitos que dañan la imagen, no sólo de nuestros hijos sino de todas las personas que viven con esta condición de vida.

Mi entendimiento y raciocinio me decía que en primer lugar está la vergüenza de corregir a un ser amado que se expresa con bondad de nuestros hijos. ¿Pero no sería más fácil que con la misma dulzura y un toque de educación negáramos tal afirmación?

He referido en anteriores colaboraciones que éste, corresponde a uno de los mitos más grandes que no se ha podido erradicar. Seguimos reafirmando a una persona con síndrome de Down como angelito, generalizando un estereotipo de persona que literalmente no existe y que, muy por el contrario, cada persona desarrolla una identidad, personalidad y conducta.

Es así que todos los seres humanos no podemos ni somos iguales, ¿por qué habrían de serlo las personas con trisomía 21? Es cierto que tienen ciertas características físicas similares; sin embargo, cada uno hereda rasgos físicos y emocionales que hacen que la distinción se haga presente.

Las personas con síndrome de Down merecen que se les otorgue el lugar que se han ganado con esfuerzo, dedicación y constancia. La mayoría lo demuestra al mantener desde pequeños un ritmo cargado de trabajo extra en relación a las personas sin trisomía, con logros significantes.

En la actualidad esos avances y oportunidades en el desarrollo lo vemos a diario, en los ámbitos de la productividad, la escolaridad, el deporte, el arte y de muchos otros espacios que con su esfuerzo han venido ganando. ¿Entonces estas personas están impedidas?

Si bien presentan discapacidad intelectual como parte de la afectación que el tercer cromosoma les ha provocado –que va de leve a moderada- sin embargo, y muy a pesar de esto se desenvuelven, buscando su lugar en la sociedad. Está en nosotros promover esta integración.

No dejemos que esos bienintencionados comentarios que nos llegan –incluso- desde el interior de nuestras familias o amigos, llamando a nuestros hijos “angelitos”, se vuelvan un dato más de los miles que se pueden encontrar en Internet, que comprometen y estigmatizan su identidad.

Así que, una vez más, los invito a dirigirnos a los más de 6 millones de personas que viven con esta condición en el mundo, refiriéndonos como bebés, niños, adolescentes y adultos con síndrome de Down, como sujetos de derecho que son.

Acerca del autor

Maroly Solís Zataraín pertenece a la Asociación SD Hermosillo. Es responsable del área de Comunicación y difusión en INAH delegación Sonora.

Correo Electrónico

solis.marthaolivia@gmail.com

Twitter

@Marolysoza

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

COMENTARIOS

1 Comentario

  • Hener Gardner dice:

    De acuérdisimo!! ese término de ángel es mi coco!!! Mi hija es como cualquier otro niño, “de esta tierra” no es ningún ángel. Lo siento si algunas personas creen que lo dicen por cariño o por expresar que son diferentes “fuera de este mundo” créanme son tan terrenales como cualquiera y pueden y hacen todas las cosas como cualquier otra persona!!, felicidades por esta columna amiga !!!

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