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Miradas que matan

POR Maroly Solís Zataraín

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¿Qué pasa cuando alguien te mira fijamente? ¿Cuándo observa tu cara, tus manos, tu cuerpo? ¿Cuándo te sientes examinado, que hasta puedes pensar que hay algo mal en ti? Esa forma de mirar es tan recurrente e incorrecta hacia las personas con síndrome de Down.

Puedo contar cientos de experiencias de familiares de personas con trisomía 21 que describen esta situación, la mayoría afirma que son “miradas que matan”, que, sin decir una sola palabra, ejercen un efecto de juicio e incomprensión.

A la mayoría de nosotros nos resultan incómodas estas situaciones, porque “estas miradas” representan una forma de ejercer y marcar las diferencias que existen entre los seres humanos, pero de una forma grotesca y discriminatoria.

La interacción de la sociedad a través de las miradas es significante, es un sentido que nos relaciona, que permite la comprensión y formas de expresión hacia otras personas, pero éstas pueden transportar diversos matices de aceptación o rechazo.

Ante la incomprensión de algo que vemos, nuestra mirada se torna analítica a diferencias físicas, características, preferencias o condiciones de identidad; es ahí donde el miedo a la discapacidad se hace presente y las personas de vuelven vulnerables.

Las personas con discapacidad en general son observadas en su mayoría, bajo el escrutinio social que les insiste que son diferentes, mientras otros buscamos reforzarles esa identidad igualitaria, donde tienen cabida por igual en la sociedad.

Desde pequeños trabajamos con nuestros hijos y con nuestras familias para enseñarles los significados de integración e inclusión, que considero debemos fomentar en todos los ámbitos de nuestra sociedad, no sólo el referente a la discapacidad.

Un cromosoma extra -ya sea el 21, el 13 o 18- que determina un síndrome, no debe ser justificación para que el niño, joven o adulto sea observado de tal forma que se sienta acosado o confundido.

Como padres de personas con síndrome de Down hemos vivido la discriminación en diversos grados, así como experiencias en diversos lugares- cines, restaurantes, parques, hospitales-, donde las miradas matan y aclaro que la mayoría han sido de personas adultas.

En cierta ocasión en un restaurante de comida rápida donde hay juegos establecidos, mi hija con trisomía 21 jugaba con otros -muchos- niños que se encontraban en el lugar, mientras yo me mantenía cerca y al pendiente de ella.

De pronto una pequeña, como de unos seis años, se me acercó y me preguntó ¿Por qué la niña tiene los ojos así? Recuerdo haberle contestado que se llama Valentina y sus ojitos son chinitos porque tiene síndrome de Down. La niña muy atenta se sonrió conmigo y me dijo que iba a jugar con ella.

No necesitó una explicación larga sobre el cromosoma extra o sobre la condición, etcétera, solamente respondí de forma concisa y de acuerdo a su edad, lo que bastó para que continuaran su juego por más de una hora y estuvieran juntas.

Sin embargo, con los adultos no funciona de esa manera. Los muros de la apatía ahí se intensifican y se expresan a través de esas miradas que recorren a mi hija una y otra vez, como si les resultara incomprensible del por qué ella está en ese lugar.

No mentiré que siempre soy tan paciente y omisa, cuando mi hija es observada de forma prejuiciosa, me acerco a esa persona y de forma sutil le entrego un folleto que tenemos en la Agrupación SD Hermosillo, que explica qué es, cómo se forma. Características del síndrome de Down.

Esta acción ha resultado muy favorable, porque pienso tan positivamente que esa persona entendió el mensaje sobre este síndrome y de la diversidad de los humanos. Sobre todo, que cuando las características físicas sean de marcada diferencia, no es justificación para mirar de forma excluyente.

Sin embargo, en otras ocasiones me ha ganado el lado visceral y reacciono de la misma forma, los miro fijamente, los observo por un largo rato hasta que se sienten incómodos y cambian de lugar o simplemente se van; siendo sincera a veces lo he disfrutado, pero sé que el fondo, estoy propiciando algo que yo misma quiero acabar.

Un cromosoma extra no hace a las personas más especiales o diferentes de lo que ya son, simplemente les marca un ritmo de vida que hay que adecuar y trabajar. Su identidad también la construyen con debilidades y fortalezas, así como su rol de vida, al que todos tenemos derecho y libertad.

Así que los invito a que cuando desconozcamos o nos sintamos incomprensibles ante la condición, raza o preferencias de una persona, no nos cause miedo, no actuemos de forma que pudiera desenlazar un acto discriminatorio, simplemente mantengámonos presentes y -si gustan- partícipes o de plano omisos.

Acerca del autor

Maroly Solís Zataraín pertenece a la Asociación SD Hermosillo. Es responsable del área de Comunicación y difusión en INAH delegación Sonora.

Correo Electrónico

solis.marthaolivia@gmail.com

Twitter

@Marolysoza

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

COMENTARIOS

1 Comentario

  • beatriz mendoza dice:

    Los ojos pueden ser tan expresivos que debemos educar nuestras miradas. Recuerdo a mi ‘ama diciendo: ” no mires así, es de mala educación”
    Aplicable a la vida diaria aunque es mas frecuente en nuestros hijos

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