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Funcionarios públicos con bolsas de payaso

POR Aaron Tapia

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Esta columna está inspirada en una anécdota vivida en uno de esos eventos sociales decembrinos que les llaman posadas, a la que quien escribe estas líneas asistió.

Me instalé ensuciando con mi vulgar y socarrona presencia una mesa llena de connotados profesionistas, cada uno en su ámbito profesional, entre ellos había algunos exservidores públicos cuyo diario actuar es bajo las formalidades y diplomacias que les exige su profesión, porque algún rector de la moral lo estableció hace muchísimo tiempo. Quién sabe cuál sería el motivo para reprimir el verdadero ser, sometiéndolos a inventos de aburridos códigos de la “formalidad”.

Pero, como muchas veces lo he mencionado, el alcohol no transforma a nadie, sólo desinhibe para que flote a la superficie el verdadero yo. Es como en el acto sexual, cuando la temperatura corporal empieza a subir, el vestido de noche elegante y sobrio, empieza a desvanecerse lentamente dejando poco a poco cada parte del cuerpo al desnudo, hasta que ya no hay un sólo pedazo de tela que cubra la verdadera apariencia del cuerpo y sus expresiones.

Lo mismo pasó esa noche, al vaivén de las copas de vino y los tragos de whisky (para mi infortunio no había cerveza artesanal, por lo que no me quedó de otra más que teñir mi lengua de color púrpura con la impronta que deja el vino tinto) y a medida que los grados de alcohol fueron elevándose en la sangre, el vestido del formalismo descendía y el folklore del verdadero ser de cada quien fue desnudándose, y entonces empezó una orgía de opiniones sobre política entre orgásmicas críticas.

Cuando se abordó el tema de la impotente situación del Isssteson y las depravadas pensiones que paga a algunos proxenetas del servicio público, alguien expresó que los políticos eran insaciables, y otro eyaculó espetando: “Es que tienen bolsas de payaso…” fue ahí donde se estimuló el punto G del debate y los gemidos de carcajadas eran escandalosos, lo cual no dejaba en duda el momento de éxtasis que se vivía.

Las bolsas de payaso parecen estar rotas, nunca se llenan y se hace referencia a ellas como un eufemismo para referirse a los que no tienen llene, a esos que siempre quieren más y más, y que, las formas y fondos de cómo se obtenga lo deseado es lo de menos, lo único que importa es obtenerlo.

Desgraciadamente en nuestro estado y país entero, la función pública ha estado plagada -y lo sigue estando- con este tipo de perfiles insaciables. Les excita el peculado a tal grado que se han vuelto ninfómanos de la malversación.

Los jadeos de crítica política continuaron en la mesa, a pesar de que algunos de los presentes han participado en el servicio público, ahí en lo privado y lejos de los reflectores mediáticos, les causan escarnio las felaciones como las del Presidente que rezan: “Las cosas buenas poco se cuentan, pero cuentan mucho”. También con las de políticos locales como las del: “Nuevo Sonora” o la de “Honestidad Total”.

En ese momento me sentí presa de la confusión (tal vez ya el estado etílico empezaba a hacer mella): ¿critican y se burlan de personajes que alimentan un sistema del que también han sido partícipes? Muy seguramente como el común denominador del ser humano o, por lo menos del mexicano, estos exfuncionarios en algunas ocasiones fueron condescendientes con actos indebidos de la función pública, pero que, irónicamente son las normativas en un sistema donde impera la corrupción.

Lo primero en que se piensa es que uno solo no puede contra todo un sistema y es mejor conservar el trabajo: haré las cosas lo mejor que pueda, pero las decisiones que ordenen mis superiores es bronca de ellos. Es decir, se posiciona una mentalidad chambista o se prioriza la ambición del “éxito” profesional y económico a corto plazo.

Entonces, todo lo que nos han dicho los grandes pensadores desde Aristóteles, pasando por Spinoza y Savater y muchos más sobre la ética ¿es una utopía romántica y no sirve de nada, porque no nos da de comer? Posiblemente no comamos de la ética, pero carecer o prescindir de ella sí ha quitado y sigue quitando a mucha gente lo de comer.

Las bolsas de payaso van ganando la batalla cotidiana porque quienes no son corruptos van renunciando poco a poco a hacer algo contra este cáncer social.

Ahí me volvió a resurgir una pregunta muy vieja y recurrente: ¿dónde empieza el problema?, ¿en el individuo o en la sociedad o el sistema?, ¿quién contagia a quién: ¿la sociedad insana a la persona, o viceversa?

Todo está trenzado, el tejido comparte hilos. Mezclar factores sociales como el de un niño proveniente de un seno familiar con pobreza, su modo de vida es desnutrido y sus necesidades básicas no son cubiertas en el día a día, también está preocupado por sortear la inseguridad que se vive cotidianamente en su círculo cercano, de tal manera que el desarrollo de un niño en estas condiciones sociales (su molde cognitivo) se enfoca exclusivamente en sobrevivir que en la superación, y esto le deviene un escenario poco esperanzador.

Pero un niño de clase media hacia arriba que tiene cubiertas -sin mucha dificultad- sus necesidades básicas como alimentación y vestimenta, su modo de vida gira alrededor de la adquisición de conocimiento básico y en el esparcimiento, pero entonces ¿qué es lo que hace que de adultos puedan llegar a ser tanto o más corruptos con un panorama aparentemente más optimista que el individuo que se desarrolló en un entorno de precariedad?

Trabajar con el individuo para dotarlo de ética, en donde “el otro” adquiera el valor que merece para incidir positivamente en la sociedad, es posible.

Esperar que los políticos por sí solos sanen de la cleptocracia y dejen de ser corruptos es kafkeano y, en México el absurdo se ha enraizado en la realidad.

Los modelos contemporáneos han fracasado y seguirán fracasando. Políticos, élites financieras rapaces y religiosos han arruinado nuestro mundo y han sembrado depresión y malestar social, convirtiendo a México en la tierra misma del surrealismo (como lo llamó desde 1938 el escritor francés André Breton).

La corrupción afecta la economía, mina la seguridad pública, degrada la cultura cívica, deforma el pacto social y la actitud crítica del ciudadano. Mientras, quienes se enriquecen a través del peculado sean reconocidos como triunfadores y permitamos que se sigan alimentando de perversiones como el cinismo, influyentismo, nepotismo, prepotencia y favoritismo, se seguirá convirtiendo en un virus social degenerativo.

Un antídoto pequeño -pero antídoto- contra este virus degenerativo de la corrupción, es la ética. Podríamos empezar a tejer en micro para impactar en macro.

Acerca del autor

Aarón Tapia ha participado en radio como productor y conductor del programa de diversidad temática Ensalada de Tópicos.

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ensaladadetopicos@gmail.com

Twitter

@naranjero75

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

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