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“Pinche Santaclós convenenciero, nomás a los ricos les regala”

POR Aaron Tapia

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El título de esta columna fue la respuesta de El “Piñón” (un papelerito de ocho años), cuando años atrás por estas fechas, cometí la babosada de preguntarle qué le iba a amanecer.

El Piñón era integrante de una familia en situación de pobreza socioeconómica y tenía que trabajar vendiendo el periódico de 5:00 de la mañana hasta que se le acabarán los ejemplares, o hasta alrededor de las 11:00 horas porque a la 1:00 de la tarde iniciaba con su horario escolar.

El tono de su respuesta no aparentaba tristeza, más bien molestia, como si estuviera harto de contestar la misma pregunta tan banal y estúpida, por obvias razones, pero en el semblante de su mirada sí se posicionó la desdicha, como una fiel réplica del cuadro de Bruno Amadio: “El niño que llora”.

Hasta ese entonces, y yo ya consciente de que a la Navidad desde los tiempos de la era industrial la han secuestrado los reyes del “merchandise” para prostituirla como un simple producto mercantil, aun así disfrutaba a plenitud estas fechas decembrinas y el supuesto espíritu navideño. Pensaba que a pesar de que era una época llena de mercantilismo, era un buen pretexto para refrendar el cariño a los seres queridos mediante un “detalle”, reunirse con los familiares y amigos.

Además, es una época de una relativa buena economía para muchos (aguinaldos para los empleados, altas ventas para los comerciantes) no veía más allá de mi esfera clasemediera, esa clase media mexicana que tiene como característica muy marcada ser aspiracional o como los gringos la llaman, “Wanna be” (querer y aparentar ser, alardear con lo que se tiene y con lo que no se tiene).

Pero como poseo una gran capacidad para indignarme y amargarme la existencia por esa necia y petulante convicción que tengo de que muchísimas cosas que enferman al entorno social pueden aliviarse, me uní al anti navideño club de Scrooge, fundado por el extinto German Dehesa.

Esa respuesta del Piñon cimbró toda mi panorámica navideña, en donde todo mundo se siente feliz y bondadoso, donde todos los niños reciben algo, donde todas las familias cenan juntos, ríen y recuerdan anécdotas bajo el calor de una chimenea encendida. Pero toda esta linda postal navideña y como muchas cosas más en nuestro mundo, es un ordinario espejismo más, el goce de la natividad está también sujeto a las leyes del mercado, y sin capacidad de consumo el espíritu navideño se queda junto a las almas que murieron sin el bautizo, en el limbo.

La celebración de la Navidad hoy por hoy es un mero ritual consumista reducido a una vulgar, aunque lucrativa fórmula de mercado. Vender y comprar no tienen nada que ver con el natalicio del llamado “Salvador del mundo”, cuyo recuerdo se ha prostituido en beneficio de lo que él más combatió en su corta pero fecunda vida: la hipocresía y el filisteísmo.

El oropel “navideño” no es nada más que un ropaje mistificante e innecesario. El verdadero significado de esta celebración llamada “Navidad” no debería limitarse a un sórdido intercambio de regalos ni a la burda repetición del rito anual que mistifica y excluye, a un solo día, la irrevocable vocación por el amor y la paz.

Tampoco debería ser la explotación hasta el absurdo de las buenas intenciones y, en general, la ingenuidad de la gente.

Lamentablemente, una Navidad diaria el resto de la vida tal vez no sea un buen negocio para los fabricantes, vendedores y demás comerciantes que, con el pretexto de la “Navidad”, hacen su agosto en cada diciembre. Tampoco sería un buen negocio para los traficantes de esperanzas, los predicadores de fábulas que, en franca gesta manipuladora, tratan de conducirnos al escapismo y al sensiblerismo colectivo.

Desafortunadamente mientras comprar siga siendo uno de los pasatiempos favoritos de la sociedad actual y los bienes de consumo sean los mediadores esenciales en las relaciones entre los miembros de la familia, los cónyuges y los amigos, las festividades religiosas y espirituales, siempre serán ritos comerciales, y así, la esperanza navideña para niños como el piñón seguirá  flagelando su autoestima por los latigazos excluyentes del pinche Santaclós convenenciero, que no corresponde al amor, la paz y la espiritualidad, sino a la divinidad del dinero.

Acerca del autor

Aarón Tapia ha participado en radio como productor y conductor del programa de diversidad temática Ensalada de Tópicos.

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ensaladadetopicos@gmail.com

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@naranjero75

Las opiniones expresadas en los artículos de nuestros colaboradores, son de exclusiva responsabilidad del autor, no necesariamente representan el sentir de Proyecto Puente

COMENTARIOS

6 Comentarios

  • Lupina Molina Hernández dice:

    Pobre Santa le diré mal y ni en cuenta…
    Vender es la consigna de este y otros tiempos, hacernos cómo que los mejores sentimientos y deseos para el universo todo florece, se vuelve cómo una nube de ilusión, que no para todos, cómo lo dices para tantos que es lo más lejano e inconcebible, así lo creo
    Tratar de mejorarlos los días y hacer algo bueno para que cambie, eso sería una Navidad más creíble
    En fin, cómo siempre, mejor dicho, imposible, concuerdo contigo…..de cualquier manera
    Felicidades!!!

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