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Para agradecer por la salud, ser padres y hasta por obtener la visa, suben 169 escalones en el Cerrito de la Virgen

POR Priscila Cárdenas

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Al Cerro de la Virgen hay quienes acuden en carro, otros llegan a pie o de rodillas, según sea el milagro, la petición o el agradecimiento.

Son 169 escalones los que separan el suelo de la inmensa imagen de 12 metros de altura que desde 1957 atrae la visita de creyentes, curiosos, mexicanos y extranjeros.

Los motivos son diversos, miles han quedado plasmados en lápidas, placas y distintivos que con nombre, apellido o iniciales reflejan los favores concedidos.

Haber obtenido la visa o la residencia en Estados Unidos, terminar los estudios, salir bien de una operación y ser padre son frases frecuentes en los agradecimientos.

Yesos, prótesis, vendajes de quienes superaron un padecimiento llaman la atención en pequeñas cuevas que la misma erosión ha formado en el terreno.

Cada vez el espacio es más reducido, por lo que muchas lápidas han sido ubicadas en los alrededores, donde además colocan velas, flores y fotografías.

 

Imágenes: Julio Bejarano

 

También hay quienes acuden a esparcir las cenizas de sus seres queridos, tal como lo hicieron los hijos de Guillermo Jordan Engberg, quien fuera el responsable de pintar la imagen de la virgen.

El historiador Ignacio Lagarda Lagarda lo define como un “extranjero agradecido con México”, que como muestra de las atenciones recibidas en el país quiso devolver el gesto pintando la Virgen de Guadalupe.

De origen danés pero nacido en Santa Barbara California, Jordan Engberg llegó a Sonora en compañía de sus padres en 1922.

Atraídos por la industria del ferrocarril su familia se instaló en Empalme y posteriormente en Navojoa, donde él comenzó a trabajar en trabajos de pintura.

De acuerdo con el historiador la primera vez que él quiso pintar la Virgen fue en un cerro cerca de Navojoa, pero no lo hizo porque los dueños del predio no lo dejaron.

Ante la negativa optó por buscar otro sitio y lo encontró a 5 kilómetros de Hermosillo, en un terreno que antes era conocido como Cerro de las Víboras.

“Pidió permiso y le autorizaron. En abril de 1957 comenzó los trabajos de limpieza y en un solo día la pintó”, explicó el historiador.

En los trabajos fue apoyado por 3 hombres de Hermosillo, identificados como Jesús “el Cheve” López, Jesús “el Companichi” López y Manuel “el Chino” Aldecoa.

El resultado fue una imagen de 12 metros de largo por 3 de ancho que pronto robó la atención de creyentes y ateos, tanto por el gran tamaño, como por sus colores y detalles.

A pesar de que no vivía en Hermosillo, sino en California donde trabajaba en aviación,  Guillermo acudía a retocar la pintura personalmente año con año.

Además no aceptaba dinero a cambio de la labor, asegura el historiador Ignacio Lagarda, quien define el incidente como “la única vez que se le vio enojado”.

“Nunca permitió que nadie la tocara porque para él era como una manda, vino año con año hasta 1984 que regresó a vivir a Hermosillo ya jubilado”, agregó.

Ya instalado en Hermosillo puso un taller de marcos de madera donde laboró hasta el año de 1999, cuando falleció a consecuencia de cáncer en un hospital de Tucson, Arizona.

Antes de morir pidió que sus cenizas fueran colocadas al pie de la pintura de la Virgen de Guadalupe, voluntad que fue concedida por sus hijos.

Ellos también se hicieron cargo del mantenimiento de la imagen, pues el sitio ya se había transformado en un importante punto de referencia en la ciudad.

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La diversidad de los visitantes se refleja en las firmas de las lápidas de agradecimiento que han sido colocadas por gente de todo México y Estados Unidos.

Por este motivo las puerta que llevan a este sitio siempre están abierta, a cambio de una cuota de 30 pesos que cubre los gastos de mantenimiento y vigilancia.

Las visitas llegan todo el año, sin embargo son el 11 y el 12 de diciembre las fechas más intensas, pues miles acuden como parte de la celebración del Día de la Virgen de Guadalupe.

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