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Instituciones fuertes y funcionarios de carrera

POR Antonio Quintal Berny

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A toro pasado

¡Felicidades a Proyecto Puente, a Luis Alberto Medina y todo el equipo por el sexto aniversario!

Todavía atónito por el giro que dieron las elecciones de nuestros vecinos, acepto mi incapacidad para pronosticar el futuro, sobre todo si no ha sucedido. Por esto,  estoy poniendo en pausa las reflexiones sobre el futuro entre México y Estados Unidos y por sanidad  mental comentaré sobre otros temas, también relevantes.

Cada rato escuchamos, de funcionarios de todos los niveles de gobierno, frases como: “Por Instrucciones precisas del Alcalde, “En seguimiento a pautas marcadas por el Gobernador”, “Apegado a la voluntad del Presidente”… y no dejo de pensar que para ser presidente, gobernador o alcalde, es necesario ser “Súper hombre o Súper mujer” porque las frases trilladas como las que cito, envían mensajes erróneos, como que  los subordinados no deciden nada por ellos mismos o que no hay procesos establecidos para las tareas que el cargo les demanda hacer.

Y digo… ¿Así funciona el gobierno? ¿A la voluntad de una sola persona?, ¿no hay procedimientos estándares?, ¿el ejecutivo es el único experto en todo? ¿Es el único que decide?

Las respuestas a todos estas interrogantes son claras. No, así no funciona el gobierno ni se ejerce la voluntad de una sola persona, y todos las acciones de gobierno están debidamente documentadas en manuales de procesos y procedimientos y presupuestos. Salvo casos de emergencia inéditos, o para establecer estrategias a largo plazo, el ejecutivo del más alto nivel, tiene baja injerencia directa en asuntos cotidianos.

Entonces, ¿por qué en cada declaración se menciona al gobernante?

Claramente, por costumbre, venimos precedidos por estilos de gobernar centrados en una sola persona; en la época precolombina, “el tlatoani”; en la conquista, “el virrey” y en la democracia, “el presidente”.

Hasta hace muy poco, en cada época, el líder era la única persona que figuraba y su imagen debía ser evocada en cada intervención o discurso. Lo que se hacía o dejaba de hacer; lo que se decía o se dejaba de decir era por voluntad del “mero, mero”; era quien ponía y quitaba funcionarios, legisladores y magistrados; a quien en última y primera instancia se le debía todo. El poder, el dinero, la presencia, las obras o el destierro.

Cada funcionario en el gobierno tenía que rendir pleitesía al gobernante en turno so pena de quedar fuera del presupuesto, desterrado, en la calle o en una embajada de mala muerte.

A pesar de la todavía embrionaria democracia que vivimos en México, las costumbres heredadas de décadas del presidencialismo están muy arraigadas y han sido difíciles de erradicar.

Por otro lado, quien detenta el poder siempre se siente cómodo adulado, citado o nombrado por otros; quien lo cita, lo adula o lo ensalza, piensa que esta estrategia es el mejor camino de tener la complacencia del superior y mantenerse en la jugada.

Para que verdaderamente vivamos la democracia que la sociedad empieza a disfrutar, debemos reconocer que la fortaleza de las instituciones y el trabajo de muchos funcionarios de carrera son clave en el funcionamiento del gobierno. Los ritos y las estrategias del presidencialismo deben empezar a modernizarse. 

Ya no debe ser necesario citar al presidente en cada declaración; como tampoco debía requerirse publicitar para el culto a la imagen personal, todas y cada una de las acciones de cada período de gobierno.

Si se hace una carretera, se amplía un programa asistencial, se actúa con honradez y se llega a los resultados ofrecidos, debe verse como una obligación cotidiana del trabajo del funcionario y no como un hecho que merece cacaraquearse y por ello recibir elogios.

Así, debe redefinirse al servicio público como el camino para servir a la sociedad. Ya basta que haya formas que permitan que gobernadores y funcionarios de todos los partidos, vean su puesto como una mina de oro personal, como dice el dicho: “Tanto peca el que mata a la vaca como el que le coge la pata”.

Si México ya empezó a gobernarse en la democracia, falta que los electos por el voto popular se den cuenta que son parte de un gran equipo de trabajo, que por obligación y bajo contrato laboral realiza las tareas descritas en manuales de procedimientos de instituciones sólidas, que hace que la acción de gobernar sea un proceso metódico y transparente, y no producto de un estilo personal de gobernar.

Por eso e ignorando si la iniciativa del presidente Peña sobre matrimonios igualitarios sea buena o mala para la sociedad, observé que en el Congreso representantes de todos los partidos, incluyendo al PRI, se pronunciaron recientemente en contra y no pasó. Para mí es un rasgo de madurez institucional y de que el presidencialismo ya esta cuestionado.

¿O no?

Antonio Quintal Berny es socio-director de Grupo SINEG; conferencista, expositor y facilitador en diversos congresos, seminarios y talleres en México y otros países; y profesor en Administración, Recursos Humanos e Ingeniería Industrial en varias universidades, a nivel profesional y posgrado. @aqberny

Imagen tomada de Internet

Acerca del autor

Antonio Quintal Berny es Socio Director de WB Solutions, Talento en Movimiento; conferencista, expositor y facilitador en diversos congresos, seminarios y talleres en México y otros países; y profesor en Administración, Recursos Humanos e Ingeniería Industrial en varias universidades, a nivel profesional y posgrado.

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