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Un protocolo para atender la violencia de género en la Unison

Foto: Internet

POR Felipe Mora Arellano

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Desde hace semanas circula por las llamadas redes sociales, una demanda promovida por mujeres estudiantes de algunas carreras de la Unison, de crear un protocolo para la atención de casos de violencia de género.

Lo anterior a raíz de hechos que han considerado como acoso y hostigamiento  de parte de docentes. La demanda es legítima y necesaria. Se sabe que este tipo de acciones suceden en la universidad, sin embargo no se cuenta con informes o datos que las documenten sino que corren de boca en boca.

La referencia al Protocolo tiene que ver con el hecho de que recientemente en la UNAM se creó el Protocolo para la atención de casos de violencia de género, para dar cumplimiento al acuerdo por el que se establecen políticas institucionales para la prevención, atención, sanción y erradicación de casos de violencia de género en la UNAM. Dicho acuerdo fue emitido por Enrique Graue, rector de dicha universidad, el 29 de agosto pasado.

La decisión fue largamente esperada y finalmente se tomó; ninguna otra universidad pública del país cuenta con ese o algún tipo de protocolo. Sin embargo, es preciso aclarar que no se trata solamente de que las universidades redacten un documento y lo aprueben o acuerden.

Además del documento, es preciso llevar a cabo una ingeniería institucional y organizacional con el propósito de articular la estructura universitaria y los procedimientos para atender los casos de violencia de género a través de instancias que, en el caso de la UNAM, dependen de la oficina de la Abogada General.

En el caso de la Unison, es necesario evaluar si las instancias con las que cuenta garantizan que se puedan llevar a cabo y bien, los momentos de la atención, a saber: orientación a las víctimas, entrevistas a estas, establecimiento de medidas urgentes de protección, acompañamiento, seguimiento al cumplimiento de las sanciones y la atención a los casos de mediación.

Y, claro está, es preciso saber y establecer qué debe entenderse por actos de violencia de género; es decir, cuándo se está ante un acto de tal naturaleza, cuándo puede la universidad conocer de un caso así y quién puede presentar una queja. Incluso, debe tener claro, prever y tomar las medidas ante quejas falsas. Puntos estos que contiene el protocolo.

Desde hace casi dos décadas, la matrícula de la Unison ha alcanzado altos niveles de feminización. Carreras en las que tiempo atrás eran predominantemente masculinas, ahora pueden ser solamente dominantes o, incluso, han dejado de tener la mayoría.

La planta docente, laboral y directiva cuenta con la presencia de mujeres que diariamente interactúan con hombres. Las estructuras de poder están presentes lo mismo en clase que en la oficina y la academia. Y tienen connotaciones de género con prácticas que han tendido a normalizarse y por ende a ser invisibles.

Entre los miembros de la comunidad universitaria hay brechas y una de ellas es la generacional. Muchos códigos de la comunicación entre sus miembros están propiciando comportamientos perturbadores. Formas de vestir, actuar y relacionarse emiten mensajes que son interpretados por otros con códigos pasados.

Lo que antes era “natural” ahora tiende a no serlo y ante la diversidad y complejidad se procede en muchas de las veces a actuar de manera simplificada recurriendo a viejos patrones. Y aunque parezca extraño, hay quienes no se dan cuenta que su comportamiento viola los derechos humanos y produce y reproduce estereotipos de género.

El caso al que me referí que circula en las redes sociales, de una acusación de acoso de parte de un profesor a una estudiante, pudiera ser el más frecuente; pero también “se sabe” de casos a la inversa, de estudiantes de ambos sexos que acosan a maestros/as. Desde luego están los casos de este tipo que ocurren entre estudiantes y también suceden entre docentes.

Ignoro de qué tamaño es el problema del acoso y hostigamiento en la universidad; los informes de la Comisión de Derechos Universitarios indican que son mínimos. Pero sabemos que, de haberlos, no se denuncian por varios motivos: miedo a represalias, falta de instancias dónde quejarse o no tenerles confianza, temor de que sus quejas sean minimizadas. También porque quienes los padecen no le dan la importancia que merecen, entre otros.

El camino hacia la formulación de un protocolo en la Unison puede llevar tiempo. Pero tampoco mucho porque las redes caminan más rápido que los procedimientos administrativos. Pienso que debe hacerse una evaluación y diagnóstico sobre lo que se tiene, institucionalmente hablando, con el fin de preparar una propuesta que habilite a la universidad para atender los casos de violencia de género en todas sus modalidades.

Así como en la universidad se persigue lograr los llamados ISO sobre calidad y gestión de calidad, deberíamos proponernos lograr la certificación en el modelo de equidad de género. El caso de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) puede servir de referencia.

Entretanto, considero necesario que en la universidad se monten mesas y espacios de análisis y discusión para analizar el fenómeno de la violencia, escuchar, conocer y ofrecer vías para su atención y, sobre todo, para su prevención.

Felipe Mora Arellano es profesor de tiempo completo del Departamento de Sociología y Administración Pública de la Universidad de Sonora. fmora@sociales.uson.mx

Acerca del autor

Felipe Mora Arellano es profesor de tiempo completo del Departamento de Sociología y Administración Pública de la Universidad de Sonora.

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