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El teléfono es peligroso: Hay que defender la privacidad

POR Luis Alberto Medina

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Nos volvimos figuras públicas. De la noche a la mañana. Antes sólo los artistas, políticos, gobernantes, actores, periodistas, se consideraban así: personas que, por trabajar en la televisión, en la radio, desempeñar un cargo público en el gobierno, actuar en películas o novelas, eran quienes estaban expuestos y debían comportarse. Siempre había un paparazzi detrás de ellos. Son famosos y, lo que hagan o dejen de hacer, es o era noticia. Antes de la llegada de las redes sociales el público esperaba el periódico, escuchar la radio, la televisión, para poder saber qué había pasado en el día anterior o durante la misma jornada. Hoy basta con abrir tu teléfono para meterte a las redes sociales y enterarte de la vida de los amigos que tienes en tu Facebook, en Twitter o Instagram para enterarte de su vida personal y comentar al respeto.

El impacto de Facebook

Frédéric Martell, investigador francés, publica en su libro (Taurus, 2014), llamado “Smart: Internet (s), la investigación”, que Facebook es utilizado por uno de cada siete habitantes del mundo. Dos años después creo que esa cifra ya subió. En cuatro años que llevo dirigiendo contenidos de Internet la estadística de consumo digital en páginas web es que ocho de cada 10 sonorenses ingresa a las noticias por Facebook desde su celular. El 80% de la población. La mayoría. Óscar de la Cruz, de la Asociación REVO, en Sonora, me confirma en Proyecto Puente que, según cifras del Inegi, nueve de cada 10 sonorenses tiene acceso a Internet y, la misma cantidad, posee un teléfono con Internet.

El derecho a la privacidad

La solución no es permanecer aislado. Gabriel García Márquez decía que todos tenemos derecho a una vida pública, privada y secreta. Pública: lo que ve la gente, el desconocido. Privada: lo que sólo mi círculo cercano (familia, amigos, seres queridos) sabe. Secretos: los que cada uno quiera tener. Hay que defender los tres conceptos. Más la privacidad: todos tenemos derecho. No es sano lo que ocurre: que no puedas estar en un restaurante, bar, en una playa, en un lugar con tu pareja, familia, solo, mientras no le hagas daño a los demás, sin que alguien te filme con un teléfono. Hay que defender y luchar porque no se acabe la privacidad. Si vamos a una fiesta con amigos, pactar que lo que ahí se haga o pase, no se suba a las redes sociales. O bien, si se subirá, asumir consecuencias. Una foto o un video en una red social ya es pública. Por más que tengas 10, 15, 100 o 3 mil amigos, a esa cantidad les estás dando la confianza de que te vean, comenten o señalen algo: en positivo y negativo. No todos pensamos igual. Si están en tu red les estás dando el derecho de enterarse de lo que haces, comes, visitas, dependiendo de lo que publicas. Es imposible tener control de lo que van a comentar. Pero claro que tienes el derecho de borrar comentarios y decidir quién puede ver y comentar lo que publicas. Eres un ciudadano libre, no funcionario o político. Ese es nuestro derecho a la privacidad. No es necesario que si amas a la persona, o estás muy feliz y enamorado, lo digas. Porque, si lo haces público, otorgas el derecho a tus amigos a opinar, a favor y en contra. Es mejor el amor en privado.

El que esté libre…

Que tire la primera piedra. Antes de opinar y criticar a alguien por su estilo de vida personal, familiar, matrimonial, amorosa, pensemos: ¿Y quién soy para cuestionar? ¿Modelo a seguir? ¿Cómo me sentiría si hablaran así de mí? Basta de juzgarnos. Todos cometemos errores y somos seres humanos. Pero nos han educado intolerantes al error en nuestros hogares: no perdonar, no dejar pasar, señalar, fijarme en el otro. Hay también que desaprender en la vida. Hay que ponerse en el lugar del otro. Recorrer primero 100 kilómetros con sus zapatos antes de juzgarlo.

El que nada debe…

No voy a juzgar a nadie en su comportamiento moral porque de eso cada quien es responsable, pero, si yo amo a mi mujer, no quiero ir a una despedida de soltera a besarme con otra. Suena mocho, conservador. Pero no lo haría. Lo aprendí después de los 30. Aquí entra ya el valor y la moralidad que cada quien asume. Yo no soy nadie para decir qué es bueno y malo en este tema. Hablo por mí. Pero, ¿llevar este tema a las redes sociales juzgando a una mujer u hombre por hacerlo? Es hacer escarnio público del tema. Y no se vale. Pero, si no voy a hacer nada que atente contra los valores personales míos o de alguien, no tengo por qué preocuparme.

Luis Alberto Medina es periodista; director de Proyecto Puente, en Radio Fórmula Sonora; Premio Nacional de Periodismo 2014; colaborador de Denise Maerker, columnista en periódico El imparcial y coordinador de la Licenciatura de Periodismo en la Universidad Kino. @elalbertomedina

Columna tomada de periódico El Imparcial.

Acerca del autor

Luis Alberto Medina es director de Proyecto Puente, noticiero en Internet. Coordinador de Periodismo de la Universidad Kino. Premio Nacional de Periodismo 2014. Corresponsal nacional de Denise Maerker en Atando Cabos.

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luisalberto@proyectopuente.com.mx

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